Por la deconstrucción del amor romántico

Por: Carol Arriaga @CarolBArriaga

El Día de San Valentín es un festejo de origen católico que sirve como pretexto para vender, comprar y gastar, todo esto enalteciendo un amor que no es libre ni es natural.

La idea de que la felicidad está en el amor se deforma el 14 de febrero, fecha en la que el amor se vuelve un templo del consumo: tarjetas, chocolates, globos y un sinfín de regalos para todos los presupuestos.

En ese día se enaltece un amor con los valores patriarcales que son impuestos sobre las mujeres. Por una parte, el deseo sexual de las mujeres es un pecado. Mujer: ¿alguien te gusta? ¡Pues que no se te note! ¡Date a desear!

Por la otra, los deseos de las mujeres deben ser monogámicos (solo hay un hombre que te puede gustar) y deben enfocarse a la reproducción.

A través de muchas historias clásicas como Cenicienta, Blanca Nieves, la Bella Durmiente, entre otras, los mitos del amor romántico perpetúan la desigualdad entre mujeres y hombres por medio de relaciones de supra-subordinación.

Por eso, hoy hacemos una invitación a la reflexión y a desarrollar relaciones más auténticas. El amor romántico es una invención, no es natural. Es una construcción social e histórica que puede desmenuzarse, comprenderse y desde luego, modificarse.

El amor romántico es un ideal, alejado de la realidad, que parte de mitos como la famosa “prueba de amor” o frases como “el amor todo lo puede” y requiere una entrega total, además de que está predestinado e implica posesión y exclusividad.

Varios especialistas coinciden en que la mayor parte de los mitos que componen al amor romántico surgieron durante la Edad Media, fueron fortaleciéndose con el paso del tiempo y se consolidaron en el siglo XVIII, cuando cobró fuerza la idea de que la pareja y el contrato matrimonial debían estar fincados en el amor y la pasión, además de durar “para toda la vida”.

En México, los valores del cristianismo respaldaron estos pensamientos y se instituyó el matrimonio religioso como aval para fundar la familia. Todo ello basado en un ideal “natural” que tenía como fin la reproducción. Bajo este esquema las mujeres tienen un papel pasivo, de entrega y obediencia, donde ellas son las rescatadas. Los hombres, son la parte activa, son quienes dominan, conquistan, seducen y redimen. Ellas son las que cuidan a los hombres, incluso más que a sus propias vidas. Los hombres son los que proveen. Por eso, el concepto del amor romántico encaja a la perfección con el de la familia tradicional (papá, mamá e hijos).

Con el tiempo claro está que el amor romántico ha cambiado, pero sigue siendo vigente y continúa dando lugar a relaciones inequitativas que refuerzan ese espacio donde, como señaló Engels: “el hombre empuñó las riendas también en la casa y la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción”.

Por eso hoy invitamos a una transformación. Esto no implica acabar con la ternura y el cariño, sino modificar los símbolos que mantienen los modelos y roles de dominio y de sumisión. Recordemos que el primer amor debe ser el propio, pero también le debemos amor a las plantas, a los animales, a la vida, al arte, a la cultura, al trabajo, al estudio, a la comunidad y a nuestro país.

Busquemos amores más genuinos, en los que no tengamos que fingir ser la princesa de un cuento de hadas o adecuar nuestra forma de ser para gustarle a tal o cual: busquemos la libertad y felicidad de las mujeres y de los hombres en un plano de igualdad.

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