Al quinto mes de embarazo yo seguía preguntándome si ser madre era mi proyecto de vida

Por Gretta Penelope Hernández/ Dirán que era un poco tarde para arrepentirme, pero mi personalidad era así: a veces me dejaba llevar por lo que el destino me quisiera dar y a veces, tomaba decisiones basadas en el raciocinio.  Entonces, ¿Por qué el embarazo sería distinto? De ratos estaba plenamente convencida y en otros momentos me aterraba el futuro viéndome como madre. Todo lo que giraba alrededor mío era un deseo a medias: vivía con un hombre que quería a medias, compré un departamento que me gustaba a medias, situado en un barrio que a medias me gustaba. Yo misma me gustaba a medias.

Desde pequeña tuve un gran instinto de protección, de arropamiento, que no es lo mismo que instinto materno. Sí deseaba un hijo, deseaba un ser a quien proteger y guiar, pero la idea de “sacrificar” mi economía y mi libertad, incluso mi propio oficio como reportera gráfica en un medio nacional, se contraponía con ser madre.

Mientras que me convencía de llevar a cabo la fecundación, preparé mi cuerpo con un año de antelación. Bajé de peso, tomé ácido fólico, hierro, calcio, hice ejercicio. Con esos pasos, tenía cubierto el porcentaje de mi ser racional que organiza todo. El resto, como era usual, se lo dejé al destino. Lo creerán o no, pero hasta el tercer mes de embarazo, las pruebas sobre mí estado de ingravidez eran dudosas. Un dolor inusual en los senos fue lo que me llevó al ginecólogo y allí, en la oscuridad de la sala, escuché el tamborileo agitado de un corazón primigenio. El ultrasonido marcaba un diminuto ser dentro en mi vientre. Era real, estaba embarazada.  Me sentí dichosa.

Recuerdo una placentera gravidez. Tuve energía y flexibilidad los 9 meses, dormí bien, subí sólo 10 kilos. Me sentía extraordinaria, bella y aunque mis lecturas disminuyeron, aún mantenía un libro en el buró. Mi deseo sexual se disparó, pero el de mi esposo disminuyó.  Él, en su retorcida imaginación; pensaba que su pene tocaba ese bolso placentario que crecía dentro de mí. Al sexto mes de gestación cortó todo contacto sexual conmigo. Me convertí en la abeja reina que sólo debía ser cuidada y protegida para arrojar crías. Su cría.

A las 36 semanas de embarazo mi ex ginecólogo revisó mi vulva, introdujo un par de dedos, midió y sentenció –Tu matriz es muy estrecha, no vas a dilatar lo suficiente, será mejor que te olvides del parto normal, será cesárea-. Y yo le creí a pie juntillas. ¿Acaso se debería dudar del médico de cabecera? Sí, deberíamos poner en duda sus criterios, pero yo, con mis dulces 34 años, deposité mi confianza en él y actué como él lo ordenó. Mi hijo nacería por cesárea. Años más tarde, cuando mi hermana menor se embarazó y se atendió con él, le escuché decir lo mismo cuando ella presentó las primeras contracciones. Entendimos que, para ese ginecólogo, traer bebés al mundo era un negocio. Un buen negocio. Entre más cesáreas programadas tuviera por día, más carretadas de dinero a sus bolsillos. ¡Nada de primerizas pujando 12 horas para dar a luz!

Pasada su estancia en el carísimo hospital donde decidió dar a luz, mi hermana y yo no quisimos volver a atendernos con él.

Entre el padre y el doctor decidieron el día de la cesárea. A mí me daba igual que fuera el 13, o el 18, o cualquier otro día del mes. Yo sólo pedía al cielo un bebé que tuviera cinco deditos en cada mano, cinco en cada pie, un corazón, un par de riñones, un par de pulmones, un páncreas…es decir, que estuviera completo y que todo le funcionara. Tampoco me preocupaba el sexo del bebé. La familia de ambos deseaban que el primogénito fuese varón. Un varón para que en el futuro se convirtiera en el hombre de la casa y llevara el apellido del papá. Una de las tías del aquel entonces marido, se atrevió a decirme que quedaría “demostrado” mi amor al consorte si le daba un “varoncito”. Otras voces pedían una mujercita para que me ayudara en la vejez. Aún no había parido y ya jodían con tener la parejita: primero habría que dar a luz a un niño y a los dos años parir una niña.  ¿Acaso tendrían sexo los hermanos? O ¿Por qué hablan de la “parejita”? Sus concepciones sobre la descendencia me parecían; a medida que mi abdomen crecía; cada vez más y más retorcidas.

Con un ultrasonido supe que el futuro humano sería XY. Mi familia y la de él respiraron aliviados. En mi larga lista de nombres, donde lo juro, había 100 nombres de mujeres y ninguno de hombres, cuando el gine me confirmó el sexo, exclamé “Leonardo”. Se llamará Leonardo. Como Leonardo Da Vinci, como Leonard Cohen. 

 Y mí Leo nació el 18 de abril de hace trece años. Nació por cesárea y a media tarde cuando el ginecólogo intentaba coser, entre litros de sangre que brotaban de una várice interna que cortó en el momento de hacer la incisión.  Recuerdo que en el ambiente vibraba la canción “Hijo de la Luna” de Mecano. Mi médico obstetra había afirmado que, la cesárea era más que segura que el parto normal y allí estaba yo, recostada sobre la cama quirúrgica, con la cabeza inclinada hacia abajo para evitar un coagulo cerebral.

Por más anestesia que me inyectaron nunca pude cerrar los ojos. Sabía que algo estaba mal, me sentía mareada y al borde del desmayo. En cámara lenta y fuera de foco, recuerdo el rostro de mi bebé cerca de mí. En su frente, cubierta por una sustancia blanquecina y pegajosa, deposité un beso y un -bienvenido al mundo, hijo-. Después, el pediatra se lo llevó para hacerle las primeras revisiones. Al lejos vi al padre, me sentí aliviada. Pensé que, si moría, mi hijo quedaría en buenas manos.

La recuperación de la cirugía fue difícil. Me esforzaba a sobre manera con la lactancia, lavaba su ropa a mano, y como mi leche no era abundante, preparaba la fórmula láctea con antelación necesaria, de tal suerte que, cuando el hijo esbozaba el primer llanto por hambre, yo ya tenía el biberón en la mano. Le quitaba el pañal cada cuatro horas -sin importar que no estuviera sucio-. Le cambiaba la ropa todos los días, lo bañaba todos los días. Seguía a raja tabla las indicaciones del pediatra. Quería sustraer a mi pequeña criatura de todo dolor, de toda incomodidad.

Pero, pese a mis esfuerzos, sentía que, algo entre él y yo no embonaba tal y como alardeaban las madres que me rodeaban. Era como una disociación entre lo gestado y lo sostenido en brazos. Nunca hablé de ello. La culpa, el gran estigma de no ser una buena madre, me devoraban y me fueron hundiendo en la depresión post parto que en aquellos ayeres desconocía que existía.

Antes del primer mes de nacido, yo ya estaba abatida. No comía bien para poder estar las 24 horas pendiente de él.  A pesar de ello, estaba segura de que todo lo hacía mal. Dos fuerzas contrarias tiraban de mí, por un lado, la obsesión por querer ser una madre perfecta y en el extremo opuesto, la depresión que me orillaba a querer salir huyendo muy lejos y correr sin volver a atrás la mirada.

 En la curva más alta de la depresión, viví una de mis noches más tristes. No podría decir con exactitud qué hora era, como tampoco recordar si tenía frío en los pies descalzos, pero tengo memoria de una luna percudida que se dejaba ver a pedazos entre los pinos de la casa de mis padres. 
Sentada sobre los escalones que dan al jardín, esa noche, cuando mamá me regañó por mis manos temblorosas para bañar al bebé, me sentí derrotada. Le pedí a mi esposo que sostuviera al bebé y con los ojos melancólicos le susurré resignada -No puedo más- y corrí escaleras abajo, necesitaba aire fresco.

¿Por qué me costaba tanto trabajo SER MADRE? Las tías pasan el día diciendo que, las mujeres llevamos “el llamado maternal” en la sangre, que es parte de nuestra feminidad, pero yo no sentía ni una pizca de ESE amor. No era odio, era sentirme profundamente extraña cuando tenía a mi hijo en los brazos. Incuso ahora que lo rememoro y escribo, me hace sentir nauseabunda y la culpa latiguea mis hombros.

No conté nada, no sabía lo que realmente sucedía, pero, sobre todo, no quería ser juzgada. Necesitaba apoyo y guía.

Perdí el paso del tiempo, no sé cuántas horas estuve sentada a la intemperie. Al cabo de un rato, escuché el abrir de la puerta, era el padre de mi hijo.  Se acomodó a mi lado y sin mirarme a los ojos, relató cómo entre él y mi madre terminaron de bañar al hijo, le prepararon la fórmula y ahora dormía apacible. No sé con qué intención lo hizo, pero yo rompí en llanto reprochándome mi falta de sentimiento maternal. Después el padre de mi hijo me sugirió que quizá lo mío no era rechazo, sino depresión post del parto, decía que eso era normal y que a más tardar en tres meses desaparecería.  Me eché a llorar inconsolablemente, ahora hasta él sabía más de los menesteres femeninos que yo.

A mí mente acude otro episodio desafortunado.  Acudí con mamá a la clínica a recoger los resultados del tamiz, de vuelta a casa y con el niño en brazos le dije a mamá – No sé si ser madre es mi proyecto de vida, estoy muy confundida – Mamá me dirigió una terrible mirada desaprobatoria desde el retrovisor y con voz sonora sentenció -Si así lo quieres, déjame al niño, pero me lo dejas con todo y papeles y te olvidas de él-.

¿Qué pedo? respiré aterrada. ¿Acaso la experiencia maternal de mi madre (tres hijas) no la convertía en la persona indicada para entender lo que me pasaba? No lo sé. No hemos vuelto a tocar el tema. Durante muchos años guardé un secreto malestar hacia ella, pero después entendí que mamá fue parida en una época donde te debías al marido y a los hijos, cualquier otro deseo, malestar, desazón, anhelo, te lo tragabas con un plato de frijoles y tortillas, o lo disolvías en el lavadero tallando pañales de tela.

En 2007 carecíamos de internet, para investigar sobre el tema de la depresión posparto recorrí los puestos de periódicos del vecindario y compré revistas que resaltaran en sus portadas “ese título”. Bajé los ojos cada vez que pedí al puestero un ejemplar.  Los leí a escondidas. El conocimiento de la depresión no me convirtió en mejor mamá, me ayudó a no juzgarme y a liberarme de la culpa. Con un poco de paciencia supe que la luz brillaría pronto para mi hijo y para mí.

Con el paso del tiempo la melancolía desapareció y mi confianza aumentó. Leo tenía tres meses y mis brazos ya lo acunaban perfectamente, mi voz le cantaba para alejar su llanto y mis ojos le leían cuentos de hechiceras ancestrales.

Trece años después libro la misma batalla, pero a la inversa: el hijo, quien cruza los umbrales de la pubertad y se prepara para la adolescencia, comienza a alejarse de mí. Su mano ya no toma la mía, ni su cabeza quiere recibir más besos. Debo prepararme para “soltarlo”, pero esa es otra historia.

Gretta Penelope Hernández

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