De las mujeres y sus derechos

Por: Carol Arriaga

El 10 de diciembre se conmemora el Día Internacional de los Derechos Humanos. Hay que recordar que estos derechos, antes de ser humanos, sólo fueron del “hombre”, pero no como especie humana, sino en referencia al varón propietario.

Con el paso del tiempo estos derechos evolucionaron y empezaron a incluir a las mujeres y a resaltar sus necesidades específicas. Por ejemplo, las dificultades en torno a la nacionalidad de las mujeres, a su derecho a la educación, al trabajo, a su integridad física. 

Así es como surgen tratados como la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra las Mujeres y la Convención para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer o de Belém do Pará.

En este vaivén —sin el formalismo que exige el derecho para los tratados internacionales—, han surgido otros instrumentos declarativos como la Declaración sobre los derechos de las mujeres basados en el sexo, que hace énfasis en mantener la categoría de sexo (hombre y mujer), en contraposición a la identidad de género.

El sexo es una condición biológica o natural y es tan simple de identificar a partir de los genitales: si tiene vulva es mujer, si tiene pene es hombre.

En cambio, el género se refiere a un asunto artificial o de carácter cultural. A las niñas se las viste de rosa y a los niños de azul. A las niñas se les regala muñecas, cocinas, juegos de belleza; y a los niños carros, pelotas y pistolas. A partir del juego, a las mujeres se les enseña y se les impone, con sutileza, un comportamiento de subordinación y de cuidado de la casa y la familia y a los hombres se les brinda el control y el deber de proveedor. Esa es una construcción artificial y se le conoce como género.

Muchas niñas y mujeres están inconformes con esa condición “femenina” de género con la que las identifica y se revelan por no querer usar falda ni tener como objetivo principal el cuidado de la familia. A ellas se las puede acusar de machorras.

Las niñas y las mujeres son víctimas de violencias machistas por su sexo, pero también hay agresiones a partir de esta llamada “feminidad” impuesta.

La discriminación, la falta de oportunidades y la violencia contra las mujeres están normalizadas. La lucha para el reconocimiento a sus derechos ha sido difícil y larga. A las mujeres, por el solo hecho de tener vulva, no se les permitía votar ni ser votadas, estudiar, trabajar o llevar pantalones.

En contraste con esta lucha ha surgido una confusión que despierta polémica, pasiones e inconformidades. Las mujeres trans (personas nacidas con pene que se identifican con el género femenino) han logrado posicionar su causa en algunos de los sectores más progresistas de la población, bajo el amparo de los derechos humanos, sin que se haya dado un debate y una reflexión más profunda sobre la condición y las implicaciones para las mujeres (nacidas con vulva y útero).

Las mujeres trans no son discriminadas por tener pene, sino por su identidad “femenina”, esa identidad contra la cual muchas mujeres luchamos por erradicar o modificar.

Además, en ese debate han dejado fuera a los hombres trans, es decir, personas nacidas con vulva y útero identificadas con lo masculino.

En este sentido, es necesario analizar con seriedad las implicaciones sociales, económicas, sociales y culturales para las mujeres. No está en entredicho la complejidad del transhumanismo y la severa discriminación hacia este sector muy minoritario de la población, ni la necesidad de atenderles a partir de sus especificidades.

Sin embargo, su condición no puede equipararse a la discriminación de las mujeres, que somos más de la mitad de la población y las madres de la otra mitad, porque las causas y las condiciones son distintas. No podemos arriesgar ni desdibujar los derechos de las mujeres, que aún están en proceso de reconocimiento, y en el mejor de los casos, de consolidación. Las personas transhumanistas también tienen un lugar y deben conquistar otro espacio, que atienda sus especificidades. Respetemos.

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