La calle para todas: una visión desde la 4T

Por: Dana Corres

Qué importante es la calle para nuestras vidas. En el periodo neoliberal surge el concepto de “espacio público” replicado una y otra vez por la agenda del green washing y los urbanistas y medio ambientalistas, empecinados en la transformación de la calle desde una lógica del orden y la limpieza. En México nos dicen que nuestra aspiración y ejemplo son las ciudades europeas que llevan un par de décadas mejorando su espacio público a partir de la convivencia en el mismo (mesas, sombrillas, juegos, comida en exteriores) y de ciclovías, así como la mejora del transporte público. Es un “activismo” que se ve bien y que tiende a tomar estas ideas de lo europeo como una aspiración. Muchas veces no se comprende que la calle latinoamericana (y mexicana) tiene en sí misma una serie de elementos que la hacen rica y colorida. Sin embargo, es cierto que el conflicto por la calle (aquí y en todos lados) es una realidad, sobre todo tras varias décadas de enfocar la inversión en calles para la movilidad de los coches. Aunque el conflicto en la calle es una parte inamovible de ella, es cierto también que hemos, por ejemplo, dejado de ver la importancia de las banquetas.

Ahí yace una de las grandes deudas para con las mujeres: las banquetas. La movilidad de las mujeres es un tema que, en México, tenemos menos de 5 años hablando. En nuestro país (y en el continente) la forma primordial de movernos para las mujeres, las niñas y niños es la caminata. Caminamos más porque es para lo que nos alcanza, dado que nosotras —a diferencia de los hombres que suelen hacer viajes pendulares (de un punto A a un punto B, porque se mueven de la casa al trabajo y viceversa)–, nuestros viajes son múltiples y se hacen encadenados, es decir, nos movemos a una multiplicidad de destinos por una multiplicidad de razones: nosotras vamos a la escuela y el trabajo (igual que los hombres) pero además realizamos una serie de viajes relacionados con el cuidado y el trabajo del hogar. Por eso, a esta movilidad se le conoce como “movilidad del cuidado” que, a diferencia de la “movilidad cotidiana” (terminó utilizado desde hace décadas para planificar y explicar la movilidad en la ciudad y que se refiere sólo a los viajes por motivos laborales y educativos), se hace para subsanar los viajes necesarios para aquello que no se cuenta y que no es utilizado para la planificación de la ciudad, porque tiene su origen en las actividades reproductivas y no las “productivas» y que sí son contadas y medidas en el sistema económico capitalista.

Los datos en México son esclarecedores a través de dos encuestas: en el censo 2020 que por primera vez preguntó sobre la forma de moverse de las y los mexicanos (y que tuvo como antecedente la encuesta intercensal del 2015 donde se preguntó también sobre la movilidad de las personas), y en la Encuesta Origen Destino de la Zona Metropolitana del Valle de México, se arrojan datos de la forma de moverse en una ciudad tan complicada como la Ciudad de México y sus alrededores (ambas del INEGI). Así, lo que sabemos es que:

Más de la mitad de las personas caminan a la escuela:

Y aunque al trabajo nos movemos menos caminando, lo cierto es que para usar el transporte público también caminamos, por lo que estos viajes requieren también de las facilidades que deberían ser proveídas para la movilidad peatonal:

Cuando analizamos los datos en la ZMVM nos damos cuenta de que el uso  del automóvil para moverse es la tercera forma de movilidad, en tanto caminar y usar el transporte público es una necesidad de la mayor parte de la gente, en su mayoría mujeres y clase obrera:

También podemos ver cómo se diferencian las formas de movernos según nuestro sexo: los hombres se mueven más en bici que las mujeres, en tanto las mujeres caminamos mucho más que los hombres. Por otra parte, las mujeres usamos menos el automóvil particular que los hombres; esto último tiene que ver con la brecha salarial y el poder adquisitivo: las mujeres tenemos un menor acceso a comprar un automóvil.

Dado que históricamente la ciudad ha sido diseñada por y para los hombres, la movilidad que se cuenta es la que tiene que ver con las actividades productivas y la división sexual del trabajo: lo que cuenta es lo que hacen ellos y que se relaciona con un sistema económico que los pone a ellos y sus actividades como la norma, en tanto nosotras y nuestras actividades permanecen ocultas. Por ello es por lo que la vida y movilidad de las mujeres en las calles suele ser ignorada y vilipendiada. En los últimos años se ha hecho énfasis en la prevención y erradicación de la violencia para las mujeres desde mecanismos como la alerta de violencia contra las mujeres e instituciones como el INMUJERES. Sin embargo, poco o nada se habla desde la prevención que puede hacerse desde la planificación, el urbanismo, la arquitectura, la ingeniería de tránsito con un análisis feminista.

Somos aún pocas en el mundo, pero hemos ya hecho un trabajo importante para mostrar la necesidad de cambiar nuestras calles (la unidad más básica y primordial para el desarrollo de nuestras vidas) para hacerlas vivibles, disfrutables y seguras para las mujeres.

En el gobierno de la Cuarta Transformación tuve el gusto de colaborar como coautora de una metodología de evaluación de las calles desde las necesidades y perspectivas de las mujeres llamada “metodología CIUATL” y que es usada para el programa de espacio público de la SEDATU. Por ello y gracias al trabajo de campo que he realizado con el uso y constante mejora de esta evaluación me permito proponer 5 cosas importantísimas para mejorar la vida y seguridad de las mujeres en las calles mexicanas;

  1. Sí al comercio y la comida en la calle. La idea de la limpieza y el blanqueamiento de nuestras calles es esencialmente una idea que viene del neoliberalismo y que ignora las tradiciones ancestrales de nuestro pueblo. Es decir, ignora tradiciones como los tianguis y mercados y la presencia constante de vida y comida en la calle. Cuando hay personas y movimiento en nuestras calles hay ojos, hay convivencia, hay intercambio y ésta es más viva, la gente aprende a conocerse y reconocerse y la calle se hace más habitable y agradable.
  2. La iluminación sí es un punto clave. Porque cuando hay luz, la gente quiere ocupar el espacio y permanecer en él, además de que es clave para la percepción que las mujeres tenemos del espacio. 
  3. Que caminar en la calle sea agradable debe ser una meta. Una calle sin ruidos molestos, sin olores desagradables, con árboles y vegetación, con gente en la calle conviviendo es importante para cómo las mujeres vivimos y experimentamos la calle. Si la calle es agradable para moverse en ella, habrá más gente conviviendo, generando intercambios de todo tipo (desde las conversaciones y hasta el comercio) y será segura para todas las personas, sobre todo para las mujeres.
  4. La calle debe estar planificada pensando en el cuidado. Desde el análisis feminista nos siguen debiendo la transformación de la división sexual del trabajo. Hay una deuda desde el Estado para responder a estos cambios y una gran estrategia sería construir calles que faciliten el cuidado y que sean, por sí mismas, cuidadoras. Debemos hacerlas seguras para los niños y las niñas, para las personas enfermas, para las personas con discapacidad, para las personas mayores. Esto se logra a través de diseñarlas para la accesibilidad, de planificar el transporte público para que todas las personas puedan usarlo. Queremos disminuir cargas sobre las mujeres y que el Estado asuma parte de esas labores.
  5. La banqueta es la revolución. Cuando una se mueve al centro o a las colonias habitacionales viejas de una ciudad, una suele encontrarse con banquetas anchas, arboladas, agradables. Esto es porque fueron construidas en la época en la que la mayoría de la gente caminaba y nuestras ciudades no estaban tan expandidas y se podía llegar a nuestros destinos de forma más sencilla. Confirme pasaron las décadas y empezamos a concebir el desarrollo como “más carreteras para los autos” dejamos de pensar en lo importante que son las banquetas para nuestras vidas y las empezamos a hacer cada vez más angostas y sin árboles. Ahora hacemos banquetas donde es difícil caminar, platicar, disfrutar. ¡Debemos volver a ello! A esa banqueta donde tu vecina planta árboles y flores, a esa banqueta donde las vecinas se sientan a ver la vida pasar, a esa banqueta donde te detienes a desayunar un rico sope. Debemos regresar a esa banqueta donde puede una ir de la mano con sus niños y niñas disfrutando del día. La banqueta es, sin duda, la revolución que nos debemos.

Nos hacen falta mujeres planificadoras, diseñadoras, hacedoras de políticas públicas, implementadoras, funcionarias. Nuestra visión en la ciudad es única y debemos plasmarla en ella.

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