Una mentira y una certeza sobre los Vientres de Alquiler

Maestra Núria González López (Abogada y autora de “Vientres de Alquiler. La Mala Gente”)

La renta de mujeres para obtener la propiedad de un bebé, que no es otra cosa que explotación reproductiva se basa en dos cosas muy claras. Una mentira y una certeza.

Mentira

Hacer creer que los seres humanos pueden ser propiedad de otros seres humanos. Es decir, creer o hacer pasar por válido, jurídicamente hablando, que los hijos e hijas son bienes, objetos sobre los que se puede decidir sobre a quién entregarlos. Se pretende legalizar la idea de que las mujeres no paren hijos e hijas, son propiedades o bienes de consumo. Y es necesario que así sea para hacer pasar por legal, una absoluta y flagrante violación de los derechos humanos que es la disposición de personas para su tráfico, ya sea pagado o no.

Cada vez que se acepta lo contrario estamos aceptando un retorno a la esclavitud, a la explotación de las personas, ya que es precisamente eso: aceptar que hay bebés que vivirán sus vidas en función de lo que terceras personas hayan acordado, esto es, el cumplimiento de un contrato. Los seres humanos no son propiedad de nadie, ni siquiera de sus madres.

Certeza

La pobreza sustenta la renta de mujeres para la explotación reproductiva. La desigualdad y la miseria es el caldo de cultivo donde se fragua la voluntad de una mujer para ser explotada. No hay libertad alguna en una decisión entre sobrevivir o no. No hay posibilidad de elección entre decidir si comer o no comer.

Las mujeres que consiente en ser explotadas reproductivamente han tomado su decisión totalmente condicionadas por las circunstancias de vida con las que les ha tocado lidiar. Los vientres de alquiler son la sublimación del sistema capitalista, que siempre es aún más duro con las mujeres.

En este mercado autorregulado en el que vivimos, se da a las personas la libertad de comprar. Si no tienes dinero para comprar, el mercado te da la libertad de vender. Y si no tiene nada para vender, a las mujeres especialmente nos reserva la “libertad para vendernos” a nosotras mismas, ya sea en la prostitución o a nuestro hijos e hijas a través de la explotación reproductiva.

En el caso concreto de México, los vientres de alquiler son una nueva neocolonización y la última versión del extractivismo de los países ricos hacia los países que siempre han explotado.

El estado mexicano siempre ha sido pionero en aplicar la normativa internacional en favor de la protección de los derechos humanos. Ahora debe volver a hacerlo. Apliquen los convenios internacionales que recogen los derechos de las mujeres, que sancionan la trata y también los que garantizan los derechos de las niñas y los niños, que son la principal fuente del derecho mexicano, incluso por encima de la constitución federal, como ya se determinó hace años por la Suprema Corte.

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