México: entre las energías “verdes” y el oro negro 

El mundo se enfrenta al reto de una enorme demanda energética que se conjuga con el crecimiento de la población, a la vez que cada día toma mayor relieve el fenómeno del cambio climático y la necesidad de contenerlo y de proteger nuestro medio ambiente. En el caso de México es imprescindible aludir a nuestra vocación petrolera y a la necesidad de satisfacer una alta demanda de energía barata.

En el marco de la reforma eléctrica del Pdte. López Obrador, los opositores al gobierno repitieron hasta el cansancio la necesidad de fomentar las “energías limpias” frente a las energías fósiles, como la derivada del petróleo, que es muy contaminante. 

No sabemos si por ignorancia o maldad, pero además de olvidar que México cuenta con grandes yacimientos petroleros, que son la envidia de muchos países, omitieron señalar el alto costo ambiental de las mal llamadas energías “limpias”, “verdes” o “renovables”. 

Estas energías están lejos de ser amistosas con el medio ambiente. Simplemente, se trata de energías descarbonizadas, lo cual ayuda a combatir el fenómeno del cambio climático. Pero su fabricación y uso tiene una huella ecología muy grande. Incluso, se estima que su impacto ambiental es de la misma magnitud que la producción de las energías fósiles. Estas energías extraen minerales en vez de hidrocarburos y acaparan enormes cantidades de tierras de uso agrícola y de conservación. 

Para instalar un parque fotovoltaico (conjunto de numerosos paneles solares) se requiere remover miles de toneladas de tierra y realizar las aleaciones de metales a temperatura elevadas, aunado a ello, nunca van a producir la energía necesaria que se consumió para su fabricación e instalación. Lo mismo sucede con las energías eólicas, además de que su fabricación, instalación y uso es altamente contaminante, su vida útil es en promedio de tan solo 20 años.

Las menos contaminantes son las hidroeléctricas y las geotérmicas; que en México son producidas casi exclusivamente por Pemex.

Además, las energías “renovables” son de suministro intermitente. Es decir, los paneles solares van a producir electricidad solo cuando haya sol y los aerogeneradores cuando el viento sople lo suficiente. Por tanto, necesitan de plantas de suministro energético fósil (gas) cuando no haya forma de producir energía “limpia”. Sin olvidar que la subvención de las energías “verdes” no solo es contaminante, sino también costosa.

El petróleo, un recurso magnánime y un privilegio nacional que debe transitar

El petróleo es una materia prima fascinante, cuyo origen data de organismos vivos que habitaron el planeta hace millones de años. El oro negro produce hasta hoy día la mejor energía costo-beneficio, a la vez que a partir de sus cualidades químicas se elaboran un sinfín de objetos con múltiples usos.

Desde mediados de los años 50, la humanidad entró en la era del plástico y en los setenta, se revolucionó el sector agrícola gracias a los fertilizantes químicos y a los tractores.

Nuestra sociedad es ultra dependiente del petróleo y también del gas. La energía producida por los hidrocarburos es imprescindible, pues las máquinas con motor a combustión son las que nos permiten desplazar y mover tanto peso, desde el tractor, pasando por los tráileres, los buques comerciales, y hasta los aviones. 

La situación de México es privilegiada al pertenecer al club selecto de países productores y exportadores de petróleo. Al ser el 12º mayor productor mundial, nuestra soberanía energética no es tan vulnerable como la del resto de los países. 

Con la reactivación económica se disparó la demanda de los hidrocarburos a niveles incluso más altos que antes de la pandemia por Covid. Esta ventaja nos debería permitir ser autosuficientes, como lo desea el gobierno del Pdte. López Obrador.

Si bien, México adquirió un compromiso internacional para disminuir de forma drástica las emisiones de gases efecto invernadero hasta 2030, este tratado fue suscrito en desventaja, pues la mayoría de los países firmantes no son productores de petróleo, por tanto, para ellos esto no tuvo una fuerte implicación pecuniaria. 

Mientras que, para países productores de petróleo, cambiar sus hidrocarburos por las supuestamente “limpias” conlleva grandes pérdidas económicas. 

Nuestra economía es emergente con escaso desarrollo de infraestructura, de tecnología e innovación. Su realidad contrasta con la de los países ricos con altos niveles de desarrollo y progreso tuvieron que quemar cantidades de energías fósiles y sus huellas ecológicas son infinitamente mayores a la nuestra.

Sería justo que a países como el nuestro se le transfiera tecnología y se otorgue un financiamiento para permitir su desarrollo sustentable. En la práctica esto no sucede. Hoy día, México sigue la tendencia internacional de los países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico, pues ninguno de ellos tiene reducciones significativas en sus emisiones de dióxido de carbono (CO2); al contrario, varios las han incrementado. 

Por ahora, dejar los hidrocarburos no es la solución; sin embargo, estamos obligados a apostar por una transición energética y ecológica, que requiere mucha energía, tecnología, innovación y una gran inversión económica. 

Por: Julio Trujillo

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